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La gastroenteritis

La gastroenteritis

La gastroenteritis

La gastroenteritis es una inflamación de la mucosa del estómago y del intestino provocada generalmente por microorganismos (normalmente un virus o una bacteria). Entre las causas no infecciosas encontramos el consumo de fármacos (por ejemplo antibióticos), transgresiones y/o intolerancias alimentarias y algunas enfermedades digestivas como la apendicitis.

Debido a esta inflamación, la mucosa no puede llevar a cabo su función habitual y esto provoca náuseas, vómitos, diarreas, dolor de estómago y/o abdominal, pérdida del apetito, fiebre, cansancio, dolores musculares y malestar general. Estos síntomas acostumbran a durar de uno a tres días, aunque es frecuente que hagan falta una o dos semanas para que los hábitos intestinales vuelvan a la total normalidad.

A causa de los vómitos y de la diarrea, se pierde una gran cantidad de agua y sales minerales a través del tracto gastrointestinal. Para evitar la deshidratación, es imprescindible beber mucho líquido. A parte de aportar gran cantidad de agua, hay que planificar una dieta astringente que se irá suavizando de manera progresiva.

En la primera fase, aproximadamente las primeras 24 horas, no debe ingerirse ningún alimento, sólo agua y sales orales, que deben tomarse de forma abundante (de 2 a 4 litros al día) pero en pequeñas cantidades, mediante muchos sorbos, a lo largo del día, y a temperatura ambiente, para no propiciar un aumento de la motilidad intestinal. Deben evitarse los alimentos sólidos, ya que el intestino está inflamado y el objetivo es que pueda reposar.

Una buena manera de ingerir líquidos es a través de la clásica “agua de arroz” que se prepara de la manera siguiente: hay que hervir un puñado de arroz en un litro de agua durante una media hora, y después colar el líquido, y dejarlo enfriar antes de bebérselo. De la misma manera, se puede elaborar “agua de zanahoria”, substituyendo el arroz por un par de las mismas y siguiendo el mismo proceso. En ambos casos es recomendable añadir un poco de sal y el zumo de un limón.

También puede optarse por el suero casero. Para elaborarlo hay que tomar un litro de agua y añadirle: dos cucharadas soperas de azúcar, media cucharadita de sal, media cucharadita de bicarbonato y una taza de zumo de limón.

También existen preparados comerciales, tanto para los adultos como fórmulas pediátricas más bajas en sodio. Pasadas las primeras 24 se hará una dieta astringente progresiva.

Se empezará con alimentos como la manzana al horno, hervida o rallada, el plátano (maduro), el membrillo, el arroz hervido, el puré de zanahoria, y el pan blanco tostado. Se seguirá bebiendo de forma abundante, pero a pequeñas dosis, sólo agua.

Se continuará, al día siguiente, añadiendo caldo vegetal sin aceite con un poco de pasta de sopa (no integral), pescado blanco hervido o a la plancha, pollo o pavo sin piel a la plancha e infusiones suaves como la manzanilla.

Después se va ampliando el número de alimentos de manera progresiva, añadiendo a lo anterior: huevo (pasado por agua, duro o en tortilla bien cuajada), patata hervida, verduras cocidas, pan ya sin tostar o leche de almendras.

En la última fase se van incorporando, también de manera gradual, el resto de alimentos. Es importante que aquí introduzcamos el yogur, ya que gracias a los microorganismos que contiene, ayuda a regenerar la flora intestinal que ha quedado maltrecha.

Lo que se debe esperar más a consumir son: leche y derivados lácticos, alimentos ricos en grasas y/o fritos, alimentos ricos en azúcares (refrescos, pasteles, dulces…), alimentos con alto contenido en fibra (fruta o verdura cruda, legumbres, cereales integrales…), e irritantes de la mucosa como el café, los ácidos o el picante.

El tiempo destinado a cada fase dependerá de la tolerancia individual o de la gravedad de los síntomas.

No deben administrarse antibióticos sin prescripción médica.

Si hay fiebre, se puede tomar paracetamol cada 6-8 horas.

Evidentemente, si las molestias son muy intensas y/o persistentes, o el dolor abdominal es fuerte, debe consultarse al médico. Igualmente es recomendable hacerlo en caso de personas especialmente frágiles, ya sea por la edad (niños pequeños o ancianos) o por tener alguna enfermedad concomitante.

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